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Crónica de unos Amantes

12 Abr

Eran las 11 menos cuarto, me encontraba en plena sesión de trote cuando en la acera frente a mi se estacionó un flamante Honda Civic 2012, era de color verde aceituna, de esos que ya no llegan a Venezuela y que seguramente mandaron a importar desde Argentina. La imagen pudo pasar como una más, casi desapercibida, sino fuese porque de él salió una despampanante rubia que captó no sólo mi atención, sino que como imán de testosterona hizo voltear a cuanto hombre estuvo en un parámetro de cientos de metros alrededor de su figura.

No detuve el trote por vergüenza, para que no me llamaran “buzo”, pero al dar la vuelta en la esquina, me percaté que en cuestión de segundos, ella se montaba en una camioneta Toyota Fortuner gris, también del año, en la que me pareció que el conductor siempre estuvo detrás, como esperándole, en caravana, o tal vez ubicado en un sitio, siempre presto, aguardando la llegada de la chica para recogerla e irse juntos.

Sólo sé que se fueron por la vía del Colegio Mater Dei, hasta desaparecerse velozmente en el horizonte. Ello no evitó que por unos instantes más mi mente siguiera conservando la escultural imagen de aquella rubia del carrazo del año. Ello hasta que por lo fugaz de su imagen, por el poco tiempo para procesar su figura, por el mismo trajín de los metros recorridos en el trote, incluso hasta producto del cansancio que genera el esfuerzo constante y extenuado, tanto la visión de aquel monumento hecho mujer, así  como la anécdota en sí de su aparición e ida misteriosa, iban borrándose y quedando cada vez más en el olvido.

Pasaban los minutos como consecuencia del transcurso de una vuelta a otra, corrieron las horas, y con la llegada de decenas de carros, así como con la aparición y el incremento de voces de niños, me percaté que era la hora de salida en los colegios. Era ya mediodía, momento de parar el trote y comenzar los ejercicios de maquinas.

En este punto de la historia es necesario hacer un alto para agradecer al amigo Pedro, ese buen moriteño y sanantoñero, quien de su propio peculio donó las máquinas de gimnasio de su propiedad, para que así estuviesen al alcance de todos los miembros de la Comunidad que deseen hacer deporte, en unas instalaciones tradicionales que ya son referencia de toda la ciudad de San Antonio de los Altos, no sólo por ser un Complejo Polideportivo, sino por ser también un recinto que sirve para realizar actividades extremas como el Deporte de Escalada, eventos que de manera integral también se entremezclan y hacen vida con otros de índole cultural, toda vez que allí mismo funciona una Biblioteca, que con su Centro de Documentación e Informática, incluso prestan sus áreas verdes para la colocación y celebración de mercados comunitarios, ferias y festivales, actividades estas orientadas al beneficio de todos los miembros de la Urbanización.

Pero no nos dispersemos en cosas municipales y volvamos al cuento, ese en el que el sujeto no soy yo, la persona que estaba entrenándose y ejercitándose, sino más bien la hermosa rubia del Honda Civic, así como su misterioso chico, ese al que nunca se le vio el rostro, siempre ayudado y encubierto por su camioneta Toyota Fortuner, porque si bien les estaba diciendo que la imagen de ellos se me estaba olvidando por fugaz y no por intrascendente, también debo decirles que mientras utilizaba la máquina escaladora, ambos personajes volvieron a aparecer en la escena, justo una hora y media después de haberles visto por primera vez.

Instintivamente miré mi reloj, el cual marcaba las 12:15 pm (las doce y cuarto post meridiem como se le dice por estos lares). Ella se bajó de la camioneta con mucha premura, casi como corriendo, escribiendo y hablando por su celular, casi sin despedirse. Él sin siquiera bajar el vidrio para tener una última cortesía, derrapando su vehículo apresuradamente, como quien quiere escapar de un sitio de forma inmediata.

Esta vez no me invadió la pena por seguir con la mirada a esa rubia tan misteriosa como espectacular. Se dirigió a su carro, como buscando algo, pero también como para retocarse, porque a leguas se le notaba que no llegaba con el mismo cuido y con todas sus prendas alineadas y en su sitio, como cuando estacionó su vehículo a unos cuantos metros de la cancha. Lo que importaba es que se había metido en su carro, para peinarse, acicalarse y perfumarse.

¡Ah, algo normal!, me dije yo, debe estarse arreglando para volver al trabajo. Pero que iba a sospechar lo que mis ojos, más estupefactos que incrédulos, observarían más adelante. Pues resulta que la chica, luego de su “extreme makeover”, uno largo, de más de 20 minutos, salió de su vehículo muy “horonda” como decimos en Venezuela, incluso más altiva que como llegó la primera vez, cual modelo favorita para ganar el Miss Universo, contorneando su exquisita figura de manera arrogante, nada más y nada menos que en dirección al colegio de monjas que quedaba un poquito más arriba, para buscar a sus hijos.

¿QUE TAL?, Tan evidente descaro pudo más que mi prudencia, la sorpresa pudo más que mi sigiloso, hecho que motivó el que no pudiese seguir actuando como mero observador y testigo, detonante que me impidió aguantarme y soltar un muy sonoro e indiscreto: “Que Bo….luntad la de esta tipa”, frase a la cual los otros ejercitantes en las máquinas a mi alrededor (algunos vecinos conocidos de toda la vida), prestaron atención y no se quedaron indiferentes.

Cuando me interrogaron sobre el por qué de mi impresión, luego de yo hacerles un relato de lo que había visto de la rubia y su anónimo amigo, es que me contaron y fueron completando el rompecabezas imaginario que ya yo me presuponía de antemano. Uno de los presentes comenzó diciéndome: ¡Ah no vale, esa es historia vieja!, ¡ellos se ven como 2 o 3 veces por semana!, a lo que otro saltó y agregó: ¡Si vale, ese es el chamo de la Four Runner! (en realidad era una Fortuner), ¡a veces ese chamo, cuando llega más temprano que ella, se pone a hacer barras aquí con nosotros, no debe pasar de 25 o 26 años, es un carajito!.

Eran muy pocas las piezas que me faltaban para definir mi conclusión sobre esa historia, pero de igual forma (y como buen diplomático que no emite opinión o hace juicios de valor sin tener las herramientas, documentos y bases para ello), todavía les pregunté de manera ingenua: ¿Pero ese es el esposo, cierto? a lo que como respuesta recibí una estruendosa y gran risotada que llegó incluso hasta las mesitas en donde varios representantes y otros niños esperaban la salida de los alumnos.

Uno de mis amigos interrumpió su risa como respuesta para agregar, al más puro estilo venezolano: “¡pero tu eres Gue%&/()?= Gustavo!, ¡que esposo ni que nada!”, a lo que otro añadió: “¡el esposo de esa mujer es un militar super pesado que ahora también se metió a empresario y no sabe que hacer con la plata!”. LISTO, me dije para mis adentros, estaba ya completo y enmarcado el cuadro de toda la película. Pero sin embargo, seguí prestando atención a los diversos comentarios posteriores gracias a los cuales me enteré de que al parecer el tipo nunca se la pasaba en la ciudad, le llevaba cierta diferencia de edad a la mencionada rubia, a quien mis interlocutores intentaban justificar argumentando que ella siempre se la pasaba sola, tan joven, con buen dinero, muy aburrida y sin tener nada que hacer. POBRECITA, ¿NO LES DA LASTIMA LECTORES?

No hizo falta preguntar más, terminé mi sesión de entrenamiento y me fui en sentido contrario a donde se encontraba la rubia del cuento, “esa buena madre a la espera abnegada por la salida de sus querubines”. Mejor así, no es recomendable siquiera correr el riesgo de saber quien es esa despampanante mujer, ni siquiera mirarle la cara, contumaz con un marido con orientación hacia las armas, castrista y con poder, en un país que no ha dejado de ser bananero, ese en el que los gorilas tuvieron, tienen y seguirán teniendo poder, en una Venezuela en la que la historia de esta señora y su amigo de la camioneta es muy común y cotidiana, un cuento autóctono que se semeja más a la novela “La Fiesta del Chivo”, de Mario Vargas Llosa, una más tristemente verídica que las nobles narraciones que de los amantes se contaban en otras épocas.

Esta nota fue escrita y publicada por Gustavo Adolfo Agüero Cruz, para el “Blog de Gustavo”, gracias a la herramienta de WordPress para Blackberry Playbook.

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2 comentarios

Publicado por en 12/04/2012 en Culturales, Curiosidad, Historia, Opinion

 

2 Respuestas a “Crónica de unos Amantes

  1. Evengerd

    15/04/2012 at 7:27 PM

    Guevonaaaaa jajajajaja. Primo, eso es muy comun en esas elites militares. Muy bueno tu articulo!

     
    • guftahot

      16/04/2012 at 9:52 AM

      Así es primo. Pobres hijos de esa “dama”.

       

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