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Al rescate de las conversas, de evitar la adicción a los teléfonos inteligentes y a la necesidad de “sobrecomunicar o estar sobreinformado”

16 Abr

Acabo de leer en internet, que en la entrada de algunos restaurantes europeos, les decomisan a los clientes sus teléfonos celulares. Según la nota, se trata de un movimiento que busca sea recobrado el placer de comer, beber y conversar, sin que surjan esas incomodas interrupciones de los ring tones, evitando así  que los comensales se dispersen o den vueltas como gatos entre las mesas mientras se comunican por sus teléfonos dando gritos literalmente.

¡Que genial idea!, me dije para mis adentros. ¿Quien de Ustedes me puede decir si recuerda lo que es sostener una conversación larga, profunda y corrida con su interlocutor?. Incluso voy más allá, ¿Quien de Ustedes se ha tomado un café o un té sin que la persona que les acompaña les deje con la palabra en la boca por causa de su teléfono móvil?. Me arriesgo a decir que son muy pocos los que hoy por hoy han tenido tal suerte.

Y lo que les preguntó es un mal menor, siendo que incluso es frecuente observar almuerzos, citas, reuniones y hasta acuerdos de negocios que se han finalizado porque alguna de las personas en la mesa ha atendido una llamada urgente o ha leído un correo, pin o mensaje del jefe o de alguien “importante”, que les hace dar por terminada no sólo la conversación, sino toda la actividad e incluso la velada. Cuando no, se observan unos multitudinarios y grandes caos, en los que absolutamente todas las personas en la mesa se encuentran hablando por sus celulares al mismo tiempo.

Culturalmente podemos decir, que por causa de los teléfonos móviles inteligentes, las conversaciones entre los seres humanos están sufriendo grandes modificaciones. Cada vez más está práctica va dejando de ofrecer una interrelación personal entre dos o más interlocutores, para convertirse y/o parecerse a un fenómeno tipo telegráfico muy impreciso, que en vez de comunicar, confunde y aleja a quienes conversan. Y esto al menos cuando la plática se da de forma física.

Siendo así, los llamados Smarthphone’s, así como su veloz penetración en la mente y en el día a día de loss consumidores, se ha ido convirtiendo más que un intruso en nuestras vidas, en una especie de droga electrónica-comunicacional, cada vez más incapacitante y adictiva, que está produciendo alteraciones en los patrones naturales de sociabilidad y de conducta de los individuos.

Antes había ciertos sitios, momentos y hasta horas en que, por educación, no se atendían ni revisaban los teléfonos, incluso había locales y zonas demarcadas en donde no podían ser usados estos aparatos. Hoy en día sólo en los bancos y al manejar se prohíbe taxativamente su uso, perdiéndose incluso por su proliferación y uso masivo, ciertas reglas de observación y respeto al momento de comunicarse con otras personas vía equipos móviles. Con ellos se ha perdido todo sentido de tacto, hasta la elegancia de responderle al otro ahora se hace sin el más mínimo pudor. Todo el mundo habla (o grita) por su celular, a toda hora, en cualquier lugar, encuéntrese la persona en el sitio que esté, así sea en un baño, en un momento íntimo, el cine, una conferencia y hasta en recintos de clases.

Ojo, negar las virtudes y los avances que a nuestra sociedad ha traído la tecnología celular, es una total y completa estupidez, hay que estar ciego o ser muy retrogrado para no verlo. Como no valorar la inmediatez y la velocidad en las comunicaciones, así como el don y el sentido de ubicación (y ubicuidad) que produce y la vez genera (algo que también puede ser considerado un elemento negativo, si es usado de mala manera). También es inocultable el hecho de la integración que ha propiciado en nuestras sociedades este tipo de tecnologías, sobre todo en aquellos sectores que estaban apartados y al margen de la telefonía tradicional.

Pero así como reconozco esas cosas, también es preocupante observar, como me hizo notar mi colega y gran amiga, Thaís Cecilia Suárez, que si bien gracias a la tecnología de estos teléfonos móviles inteligentes hemos incrementado nuestras comunicaciones a distancia, también es cierto que en la misma proporción (y propensión) reducimos nuestra comunicación, el habla y la calidad de esta, cuando nos encontramos frente a frente o estamos cerca de esa persona con la que virtualmente si desarrollamos afinidades conectivas.   

Fenómenos como el anterior, así como otros de igual notoriedad, comienzan a ser altamente preocupantes (incluso en mí mismo), debido a la cada vez más alta dependencia que estamos teniendo con respecto a los Smartphone’s. Preferimos perder documentos de identidad, otros objetos de valor e incluso dinero, antes que nuestros teléfonos celulares. Tanta adicción hemos agarrado, que incluso la tarjeta SIM de estos aparatos, así como las memorias externas, están siendo como una especie de reemplazos para nuestros propios cerebros. Es más, les hago una prueba a ver ¿Quien de Ustedes me puede decir dos o más números de teléfonos de familiares cercanos o amigos, usando su propia memoria sin tener que recurrir a su móvil para recordar dichos números? Dudo que sean muchos los que puedan jactarse de hacerlo.

Es tal la necesidad artificial que nos hemos creado con respecto a estos equipos, que ya los mismos han pasado a ser partes y extensiones de nuestros cuerpos. A estas alturas ya son pocas las personas que pueden resistir salir de sus casas habiendo olvidado su teléfono móvil. En estudios sociales y psicológicos se ha revelado que la mayoría de los seres humanos que usan estos aparatos, no se conciben ni pueden desarrollar un día normal cuando por distintos motivos han olvidado sus celulares en casa. Estos trabajos incluso resaltaron que muchas de esas personas no pueden evitar sentirse solas y abandonadas cuando pasan horas y sus teléfonos no suenan.

Por eso es que se entiende que cada vez más sean los seres humanos que nunca apagan sus equipos, ni siquiera en la cama, cuando van a dormir, nadie quiere sentirse sólo ni abandonado, incluso en aquellos momentos de intimidad más absoluta, por lo que algunos llegan a la osadía de mantenerlos encendidos en este tipo de momentos. ¿Quien no ha visto a una persona en el cine contestar en voz baja y decir: “estoy en el cine, ahora te llamó”?, otros más adictos aún, hasta lo informan de antemano en sus redes sociales o en sus pines, ¿O es que me van a decir que no han leído a alguien colocar: “@Cine”, “En el Cine”, “Ando en una onda de Cine” o “Movie Time”. Yo lo he puesto infinidades de veces, lo reconozco.

Y fíjense una cosa, ni yo mismo, que lo hago con cierta frecuencia, por más que intento, no puedo entender el por qué de tal actitud o comportamiento. Es como cuando antes de que las azafatas indiquen que el avión está a punto de despegar y que no se pueden usar más los teléfonos celulares, observamos a prácticamente el 80% de los pasajeros, por no decir una cifra mayor, hacen llamadas ansiosas y desesperadas, o colocando informaciones de sus vuelos de partida o de llegada en cuanta red social pueden escribirlo. Es como una necesidad de “SOBRECOMUNICAR” o comunicar en exceso (una sobredosis de información).

Creo que es eso lo que nos sucede hoy en día, luego de 2 décadas disfrutando de los vertiginosos cambios y adelantos en el uso de estas tecnologías móviles. Nos hemos creado la necesidad (artificial) de comunicar y estar comunicados en exceso, algo que por ende nos lleva a estar “sobreinformados”. Y esto yo lo he podido observar y comprobar fehacientemente cuando he sido testigo de la inquietud (que también he sentido) que se desata cuando suena uno de los timbres más comunes y populares, como lo es el del ring tone de un móvil, que al aparecer, genera en todos los presentes una especie de acto reflejo que nos induce a todos a llevarnos las manos a los bolsillos o a la cartera (en el caso de las mujeres), a los fines de buscar el teléfono de cada quien.

Dentro de esta conducta adictiva, tal vez son los teléfonos de la marca Blackberry los que se llevan la distinción entre los equipos más penetrantes y que actúan como intrusos en la normal vida de los seres humanos (aquí otra contradicción conmigo mismo, ya que poseo 2 modelos de esta marca, ambos operativos y en uso). He observado que las personas que utilizamos este tipo de equipos, somos más propensos a la enajenación y al “autismo selectivo y tecnológico”. Muchos son los individuos que nos quedamos absortos ante el chat que provee esta casa fabricante de smartphone’s, sea en el sitio que sea y sin importar con quien estemos y lo que estemos haciendo, escena que ha de repetirse frecuentemente por doquier.

¿Quien no se ha percatado que aquellos que usamos Blackberries (correcto plural en inglés), siempre estamos a la espera de que aparezca y parpadee la lucecita roja que indica que está llegando un mensaje o una llamada? Es tal la mimetización, que ya ni esperamos a que por lo menos se de el sonido que anuncie la llegada de estos mensajes y llamadas, para abalanzarnos bien sea a la mesa de noche, la cama el escritorio o cualquier sitio (generalmente cercano) en donde hayamos colocado nuestro celular.

Es tal el frenesí, que cuando eso sucede, nos abalanzamos sobre él como quien tiene 3 días sin comer y ve un pedazo de comida cerca y a la mano. Es casi imposible para uno abstenerse de tal conducta, siempre al más puro estilo de los Crackberrista (persona adicta al Blackberry en inglés), hecho que evidencia que hemos convertido eso de teclear incesantemente, masajear el track pad o el track ball constantemente (el lector óptico o la famosa y vieja bolita), así como revisar el pin y el internet en estos aparatos, en en un modo de vida cada vez más automático, predecible y peligrosamente rutinario.

Lo peor es que mientras estamos en esa especie de ritual sagrado, pues dejamos de compartir con hijos, esposas, familiares y amigos, se va perdiendo la esencia del contacto persona a persona (ese necesario y muy humano “cara a cara”), para luego preguntarles a esas mismas personas: ¿En qué quedamos?, ¿Por donde dejamos la conversa?, siempre en momentos en que para el otro, la charla ha perdido toda vigencia, por lo general como producto de nuestro propio desinterés y/o mala educación hacia con ellos.

Dicho todo lo anterior, quiero terminar este mi ya bastante extenso artículo, con un párrafo que leí en uno de esos miles de correos que uno recibe diariamente, al cual sólo le hice unas pequeñas modificaciones para que entre a la perfección en lo que quiero hacerles ver: ‘Y pensar que muchos de nosotros, en las mañanas antes de levantarnos, lo primero que hacíamos era cepillarnos y tomarnos un té o un café. “Ahora nuestro primer y más cotidiano acto es tomar nuestros celulares para leer y responder al instante todos nuestros mensajes. Es la tiranía de lo instantáneo, de lo simultáneo, de lo disperso, es la sobredosis de información y de las conexiones con un mundo virtual que terminará acabando no sólo con el antiguo placer de conversar con nuestros amigos o familiares, sino con aquellas tradicionales formas de comunicarnos, esas que tan bien y tanto nos sirvieron por miles de años hasta hoy’.

Esta nota fue escrita y publicada por Gustavo Adolfo Agüero Cruz, para “El Blog de Gustavo, gracias a la herramienta de WordPress para Blackberry Playbook.

 

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Publicado por en 16/04/2012 en Curiosidad, Historia, Opinion

 

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