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Malecum Salam Don Raúl (Segunda Parte – Venezuela)

10 Sep

Apenas al bajarse del barco de bandera italiana que llevaba por nombre “Bianca C”, Dahud fue testigo del drástico cambio que tendría su vida desde ese 30 de marzo de 1954, fecha de su arribo a puertos venezolanos. Sucedió que mientras su padre se adelantaba diligentemente con las maletas del hijo para organizar y disponer todo lo concerniente al largo viaje por carretera, al recién llegado le acompañaba, más retrasado en su camino al carro, “un paisano amigo de su progenitor”, como más adelante recordará mi tío, ese quien le jugó la primera broma de miles que le harían en esta tierra llena de creativos, gente de ingenio y humor a borbotones.

A quien desde ese momento apodarían por un buen tiempo como “el turco”, me contó que ese paisano le preguntó en árabe si él sabía como debía saludar y contestar al saludo de una persona en español. Por supuesto que mi tío le respondió que no, algo que es lógico en una persona que a sus cortos 24 años de edad escuchaba por primera vez una palabra en una lengua tan extraña y distante, tanto como los espacios geográficos que separan a Venezuela del mundo árabe. Agregó en su relato Dahud que estaba repitiendo o practicando el “hola coño e` tu madre” que le enseñó su coterráneo, quien además le había indicado que dicha frase la debía decir al momento de saludar a la gente, cuestión que su padre sospechó, ya curtido por la experiencia y el vivir por estas tierras, quien al percatarse de la barbaridad que su hijo iba a cometer, regresó hasta donde se encontraba el recién llegado a quien inquirió: “Mira, ¿Tú sabes lo que te pidió decir ese señor? ¿Sabes lo que estás diciendo? No, le dio por respuesta Dahud, a lo que el padre replicó diciendo: “pues con esas palabras te estarás metiendo con la madre de quien te esté saludando”.

Se alegró el rostro del entrevistado al recordar el incidente, quien más adelante soltó una risa y dijo: “Qué cosas tiene la gente, que broma me quiso echar aquel paisano”. Atrás habían quedado las convulsionadas anécdotas de su Palestina natal, país que comenzaría una escalada de guerras fratricidas y de violencia sostenida, de las que gracias a Dios mi tío salió justo a tiempo. Atrás también quedaba ese largo recorrido desde el Puerto de Génova, en Italia, hasta el Puerto de La Guaira, en Venezuela. Un tedioso y largo trayecto de 3 días con sus noches que en su mayoría recorrío enfermo debido a una comida en mal estado que consumió, rodeado además como estaba, de puros italianos y sin paisanos que le pudiesen traducir ni siquiera las cosas básicas que hablaban aquellos cristianos.

Gracias al todopoderoso (sea cristiano , musulmán, judío o como Usted prefiera verlo según su cultura), que en ese viaje también se encontraba aquel pasajero de origen griego con quien se comunicaba, en parte por señas, en parte por el poco inglés con que contaba, quien le asistió y ayudó con el suministro de manzanas y vegetales, alimentos con los que se mantuvo el resto de la travesía.

Hay que decir responsablemente que Venezuela no le gustó a mi tío, incluso un poco antes de pisar tierra firme. Tal vez fuese por no llenar las expectativas de país rico y desarrollado que infundadamente nos adjudicaban las autoridades árabes y de otros países en aquella época (esas expectativas que generó la quimera del oro negro o estiércol del demonio, como le dicen no pocos autores). Lo cierto es que se encontró quien por poco tiempo más llamarían Dahud, con un país rural, de favelas empobrecidas, de caminos de tierra y con muchas insuficiencias en materia de infraestructura arquitectónica y de servicios.

Ello a pesar de que su arribo coincidió con el periódo gubernamental que en esos aspectos, al igual que en materia de avances tecnológicos, ha sido considerado como el más exitoso de la historia contemporánea de Venezuela. No les hablo de otro gobierno sino el del General Marcos Pérez Jiménez, a quien la historia luego daría por llamar “El Dictador.” Al hacerle esa salvedad, Don Silmi habló acerca de la vez en que el gobernante tachirense visitó suelo calaboceño con motivo de la inauguración del Embalse del Guárico (comunmente llamado Represa de Calabozo). Dijo haber sido testigo presencial de tal momento, del que también dijo recordar la salva de aplausos recibidos por el entonces mandatario nacional, a quien la gente no sólo agradecía por haber escogido a la ciudad como sede de una obra de ingeniería de tamaña envergadura, sino por el hecho de que a través de ella (y por el posterior incremento en la producción de arroz de la zona) le devolviese a Calabozo la preponderancia histórica que le había arrebatado Juan Vicente Gómez, quien había mudado la Capital de Estado a San Juan de los Morros, sitio en donde vivió una de sus más afamadas parejas.

De esa fecha mi tío también recordó, que a muy pocos metros de su actual vivienda en la calle 13, entre las Carreras 12 y 13, la Villa de Todos los Santos de Calabozo le rindió honores y le hizo una fiesta a Pérez Jiménez, en la antigua tienda del Señor Pedro Barroso, recepción de la cual agregó que también fue testigo de excepción.

Ya para ese entonces, (corría el año 1957), al turco, apelativo de cariño con el cual lo llamaron en un principio en el pueblo, le comenzaban a decir “Don Raúl”, nombre del que les comentaré más adelante, ya que antes es necesario que me detenga a explicarle sobre una confusión que es muy frecuente de cometer no sólo en Venezuela, sino en muchas regiones de América Latina. Y es que a muchos de nuestros connacionales les cuesta entender que las personas de origen turco, al igual que los iraníes, no son árabes, son etnicamente turcos (persas en el caso de los originarios de Irán), quienes comparten con los árabes su credo por el Islam, la fé musulmana y rasgos culturales específicos, pero no provienen de la misma rama étnica.

Me preguntarán Ustedes a que viene tal precisión racial, a lo que yo les respondería que lo hago como ejercicio de cultura general, así como para que se den una idea del talante y la tolerancia de este hombre, porque deben saber que para el árabe promedio el hecho de que le llamen turco es un insulto, una ofensa, un desconocimiento a su raza, su cultura y viceversa. Pero ese no fue su caso, por el contrario, tal confusión la entendió mi tío como lo que es, un desentendimiento geográfico y cultural producto de la lejanía del venezolano con esos países, por lo cual se lo tomó siempre de buena gana (me atrevería a decir que hasta con buen humor), como un gesto de cariño, de fraternidad y hasta de confianza.

Pero volvamos al nombre que le quedaría impreso a Dahud como el hierro con que se marca al ganado de un hato, ¿Por qué Don Raúl? Pues por una simple razón “onomatopéyica” más que de semántica o de otra índole. A la pregunta respondió de manera risueña el Don, explicando que cada vez que requerían saber sobre como se llamaba, al pronunciarlo ¡¡¡ Dahud !!!, que en árabe quiere decir David, pues la gente no le entendía, quienes al intentar traducirlo, le buscaban la asociación más fácil de colocarle en español, hasta que un día la hija del dueño de un negocio contiguo al de su padre, lo rebautizó como Raúl, primero porque así le sonaba la derivación de su nombre original, y en segundo lugar porque ese era el nombre que llevaba uno de sus hermanos más queridos.

El turco Raúl o Don Raúl, como quiera que le llamasen, para esos años dividía su tiempo entre la profesión de marchante-comerciante (ese que iba de casa en casa con una maleta o bolso a cuestas, por lo general vendiendo telas, ropas o bisuterías) y aquella otra, más formal por cierto, en la que ayudaba a su padre como dueño de la Joyería “ABC”, la cual tenía en pleno centro de la ciudad.

En este momento de la conversación se pone algo nostálgico Don Raúl, ya que recuerda como una de esas tardes en que se encontraba trabajando en el negocio de su padre, se topó por primera vez con la hija de Don Armando Francisco Pérez Hurtado (hermano de mi abuela materna). De aquel encuentro con Rosa Marina Pérez Mota, quedaría aquel turco prendado, sin imaginar siquiera este humilde palestino, nacido apenas a 9 kilómetros de Tierra Santa, que esa muy introvertida y más devota por católica mujer, sería su futura esposa y madre de 5 de sus hijos, esa que el destino le tendría reservada para el resto de su vida.

De ese encuentro surgió un amor verdaderamente ecuménico, de esos que hacen albergar esperanzas acerca de la paz y la tolerancia que podemos observar los seres humanos. De ese haberse conocido resultó un matrimonio del que mi prima Nigma Sobeida Silmi Pérez comentó: “tengo un padre que no siendo cristiano, se hizo pasar como tal, por amor a su familia, pero sobre todo, por amor a la paz. Él es musulmán y siempre lo será. Como Dios es uno sólo, y la religión es una invención, pues tener un padre musulmán y una madre católica, es todo un espectáculo y un orgullo.”

Cabe destacar justo en este preciso momento, que fue motivado a ese enfoque con que mis tíos llevaron su matrimonio, por la armonía y la alegría que le imprimieron al diario de sus cosas, pero por sobre todo, por los valores y principios que nos legaron en cada una de sus acciones, que fue posible la aparición de esta segunda “nota-entrevista”, porque quiero que sepan que sólo escribo sobre aquellas cosas que me inspiran, me motivan o me dan una lección ejemplarizante.

Para dar fé o constancia de esos principios, así como de la interrelación perfecta que lograron estas dos personas de países y cultural tan lejanas y disimiles la una de la otra, decidí recoger testimoniales de hijos, familiares y allegados, esto con la finalidad de sustentar y consolidar la visión de pro-hombre que de mi tío les quiero hacer llegar a través de mis letras. Me centré en una de las más conmovedoras, aquella que tiene como localidad de narración a la Isla de Margarita. Todos y cada uno de mis primos que mencionaron la anécdota, recuerdan que luego de un gran día de compras, con la camioneta llena de regalos, ropas, juegos y cuantas otras cosas quisieron o se antojaron ese día, se detuvieron en un local comercial a los fines de preguntar por un repuesto que necesitaban para un televisor, el cual sólo ofrecían en esa tienda.

Nada les podía siquiera hacer imaginar que al salir de ese comercio tuviesen que observar, con una entremezcla de rabia, estupor, tristeza y hasta consternación, como la camioneta había sido vandalizada hasta tal punto de que sólo quedasen los restos del vidrio roto de la ventana por la cual los ladrones entraron y sustrajeron lo comprado durante el día. Como de seguro entenderán mis lectores, la molestia e impotencia de mis primos fue tal, que mi tío al notarles su actitud y comportamiento, se les acercó (ya en momentos en que esperaban mientras terminaban de colocar el nuevo vidrio a la ventana violentada) y les preguntó: ¿Por qué se molestan si lo único que se perdió mañana lo podemos comprar de nuevo?. “No se permitan a Ustedes mismos el perderse de disfrutar de sus vacaciones, de un día tan lindo como el que hay o el compartir en familia, ya que este tipo de instantes si que puede ser que no se den de nuevo, a diferencia de aquello otro que nos quitaron hoy, eso que puede ser sustituido en cualquier momento, y que sólo representa un simple valor monetario.

Yo también tengo mis propias anécdotas con “Don Raúl”, tal vez no de la misma profundidad e importancia, pero que igualmente son recuerdos de las vivencias con él. Estoy rememorando justo ahora esos instantes en que estando de viaje aquí en Calabozo, una de las cosas que más me gustaba era ir a su casa. Hay que decir con mucha honestidad que mi tío era en extremo consentidor, incluso con sus sobrinos, algo que siempre hizo que los contactos con él estuviesen cargados de cosas y hechos agradables. Como no recordar esos festines de los mil y un sandwichs que mi tía Marina nos tenía cada vez que le visitábamos. Como no recordar que a pesar de que me engullía las 3 cuartas partes de todo ese arsenal, mi tío siempre me preguntaba muy dispuesto: ¿Quiere más?, ¡¡¡ahí hay más, coma!!!, no sin antes mandar a traer esa diversidad de jugos, refrescos, así como otras bebidas y helados, con los que uno sentía que él era feliz de agasajarnos.

Dado ese tipo de atenciones, la quintica de la Carrera 12 o 13 dependiendo de donde la mirases, era para mí como una especie de parque de diversiones al estilo Disneyland, en plena llanura venezolana. Era la casa de mi tío Raúl un oasis de frescura (no sólo por aquellos aires acondicionados que siempre funcionaban al máximo), lo era también por la cantidad de consolas de vídeo juegos y equipos electrónicos de cualquier índole con que contaban mis primos (todos mayores que yo a excepción de Sobeida) quienes hacían parecer a esa casa con un cyber café de juegos como los que están de moda hoy en día.

A pesar de la ansiedad y las ganas de permanecer muchas horas en esos predios, jugando y jugando, comiendo y comiendo, de Don Raúl lo que más recuerdo y me quedó, fue lo afable de su trato, sus buenos modales, su paciencia eterna, pero más aún, su extrema tolerancia para con un niño que andaba con un apetito ancestral y un hambre de conocimiento histórico, ese que nunca se cansaba de jugar y ver películas, el que cuando creció cambió de insistencias y luego (ya por deformación profesional anticipada), le preguntaba una y otra vez sobre su cultura, su país, quien cada vez que le veía le pedía que le enseñara una palabra nueva en árabe o le explicase las diversas imágenes de los distintos cuadros de su casa.

En fin, gracias Don Raúl, por siempre ser quien has sido, gracias por nunca dejar de tener tiempo y paciencia, ni para tu familia, ni para tus hijos o sobrinos, pero sobre todo gracias por ser tan diligente para con este todavía niño, el que cada vez que te veía te saludaba y a la vez te echaba broma con un “Salam Malecum”, a lo que siempre respondiste con esa tu infinita sonrisa, paciencia y disposición, tu muy consabido y característico “Malecum Salaammm”.

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5 comentarios

Publicado por en 10/09/2012 en Culturales, Curiosidad, Historia, Opinion

 

5 Respuestas a “Malecum Salam Don Raúl (Segunda Parte – Venezuela)

  1. Nigma Silmi

    13/09/2012 at 8:43 AM

    Woohooo! esto se pone mejor a cada párrafo! no recuerdo lo de Margarita…estaba muy pequeña…(o dormida, no sé)…gracias por enseñarme a mi padre. Quizá por ser la quinta hija, ya mi papá estaba agotado de tanto enseñar y la verdad, no recuerdo palabras tan alentadoras, tan sabias. No sabía casi nada de lo que has escrito…porque llegué tarde al cuento! 😛 Pero a pesar de que mi papá no me ha dado enseñanzas tan explícitas con palabras, la vida que llevo es en esencia, la suya. Cada vez que me encuentro en una situación difícil en la que tengo que responder algo con diplomacia, o bien cuando siento compasión, en quien pienso verdaderamente es en mi papá. Con él es que puedo dar fé que la mejor enseñanza es el ejemplo. Gracias “Mustafá”.

     
    • guftahot

      13/09/2012 at 10:53 AM

      Que bueno primita que mi nota te haya podido enseñar a tu padre. Por ser la “benjamina” creo que siempre fuiste las más consentida, o esa era mi impresión. Por ende, a la “chiquitica” no había que regañarla o darle muchas lecciones, ella estaba para dejarla ser (y eso también es bueno) mi señora bióloga.

      By the way, in a few months I thing that I’ll go to LA AZULITA, near to your city. I hope to see you there for a while.

      P.D: Re-check the note, i made a few changes in order to do something that Hussein David request me.

       
    • Amal Silmi

      13/09/2012 at 1:25 PM

      Tio dahud y tia marina
      Son un amor love you
      Love tio daud♥♥♥♥♥♥

       
  2. guftahot

    25/09/2012 at 4:10 PM

    Gracias por todos sus comentarios, han llegado de diversas partes del planeta. Muy honrado estoy de todos sus comentarios.

     

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