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¿Qué cual es mi plan? pues trabajar por “Mi Venezuela de Paz”

19 Oct

Paz y Reconciliación para toda Venezuela

Antes de escribir esta nota pensé en una frase de Mahatma Gandhi, la misma que aparece en la información que sobre mí siempre busco perfilar a mis lectores en cuanto foro y redes sociales tengo la posibilidad de escribir y comunicarme. Dijo en una oportunidad el bueno de Mohandas (El Gandhiji) que “puesto que yo soy imperfecto, necesito la tolerancia y la bondad de los demás, por lo que también he de tolerar los defectos del mundo hasta que pueda encontrar el secreto que me permita ponerles remedio”.

Esta frase se amolda perfectamente a lo que quisiera que imperara en esta mi patria venezolana, esa que el 8 de octubre de 2012 amaneció más dividida, hostil e intolerante que antes, ese país fraccionado como está, por la agitación política así como acicateada por los preceptos ideológicos de diversa índole.

Debo reconocer que fundamentalmente debido a esos factores tan negativos de nuestra sociedad actual, es que decidí hace ya no pocos años, alejarme de la vida política e incluso de mi amada profesión, esto por entender que la misma había sido fuertemente permeada por ese ámbito que pareciese que los venezolanos no pudiésemos evitar monotematizar, el cual incluso hemos permitido que invada hasta nuestras relaciones afectivas e interpersonales (hasta el colmo de dejar que incluso afecte a la salud misma).

Fue en esas circunstancias que encontrándome en el Hotel L’Alquila Suites de Maturín, Estado Monagas, a donde fui más bien a despejarme del intenso agobio político al que los medios y los bandos enfrentados han sometido al casi 100% de nuestra población, que amanecí aquel lunes posterior a los comicios, ese que más bien parecía un domingo feriado en vez del día posterior a una elección presidencial. Sentía que para algunos ese era un día más, pero que para otros parecía un día menos. Percibí un ambiente de derrota en varias de las personas a mi alrededor, o por lo menos así lo reflejaban los rostros de los empleados y operarios del hotel.

Al salir a desayunar me conseguí con casi todos los locales cerrados, ambiente luctuoso para unos y de festividad nacional para otros. En las calles aledañas algunos platicaban con impotencia y desánimo, les escuchaba decir que lo decidido no tenía marcha atrás, siendo los más pesimistas aquellos que destacaban que sus futuros, los que apenas unas horas antes veían claros, ahora se les antojaban inciertos. Mientras tanto, en otros lugares más populosos otros venezolanos vivían un lunes que más bien parecía viernes, situación que generaba un ambiente de victoria al que sumaban tranquilidad y estabilidad emocional. Por su hablar, la decisión tomada el día anterior se correspondía con sus convicciones (o por lo menos eso intentaban hacer creer). Claro que había otros incluso más honestos (no soy quien para decirlo), quienes decían que sus futuros, que hasta la media noche veían confusos, difusos y hasta temerosos, ahora los percibían más nítidos y sólidos. Veían ahora más claro que nunca el porvenir que dicen les asegurará la formula recientemente ganadora. Sentían que los de su clase y forma de pensar gobernarían por larga data en el país y por ello celebraban.

Justo en ese momento, mientras observaba todo aquello, paralelamente lidiaba a través de las diversas redes, con aquellos otros sectores más radicales de ambos bandos (debo decir que en mayor grado quienes emitían conceptos agresivos, irrespetuosos, discriminatorios, ofensivos y hasta xenófobos, eran los opositores, tal vez por el hecho de ser los perdedores). En esa situación yo más bien trataba de quedarme con la imagen de civilidad que dio un día antes esa otra Venezuela ya casi olvidada, esa que se comportó de forma democrática y pacífica a lo largo de toda la jornada electoral del día 7.

Recordaba con alegría aquellas expresiones de rostros contentos, entusiasmados, con ánimos de hacer de esa jornada, una histórica de participación, en un país que en ese aspecto siempre fue ejemplar (me refiero a su historia democrática-electoral). Mientras unos insistían en negativizar lo acontecido, yo me quedé con la visión de un pueblo, fuese del bando que fuese, optimista y creyente de sus oportunidades. Observaba por televisión la intención manifiesta de unos y otros de dar su máximo esfuerzo cívico, ello con el fin de derrotar pacíficamente aquello que consideraban no era bueno y que incluso les causaba indignación.

A ello se sumaba la impresión de algunos amigos y familiares que trabajando como miembros de mesa, me indicaban que en sus Centros de Votación sufragaban sin distinción, tanto chavistas como opositores, todos manteniendo el respeto y el decoro, quienes además se identificaban con los mismos ánimos que influían a sus paisanos adversarios, cada uno por sus motivos, con sus razones, incluso con sus rezos y oraciones, algo que me hacía creer que si es posible un cambio de actitud, una transformación (que no política, sino más bien societaria) con base a un sentimiento de unidad soportado en esos inmensos pilotes que llamamos “FE”.

Lamentablemente esa matriz de opinión, o más bien esa sensación, se me vino abajo apenas comencé a leer la cantidad de comentarios y opiniones que se sucedieron luego de que el CNE emitiera los primeros resultados. Venían de diversas partes, sobre todo de los círculos familiares, de amigos, colegas y conocidos, entre otros, quienes me los hacían llegar por diversas vías: por mensajes de texto, por Bbmsn, por Twitter, en Facebook, etc. Expresiones que dado el talante, la ansiedad y el tenor de sus contenidos, me hicieron comprender cuan cerca estuvimos de encender el polvorín de la violencia, la hostilidad y la agresividad, esa que hoy define en mayor grado a nuestra sociedad nacional.

Antes, durante y después de las elecciones pude percibir como el hecho político ha podido sacar lo peor que como individuos tenemos de nosotros mismos, me hizo darme cuenta de cómo podemos ser capaces de desconocer, descalificar, insultar y de denigrar al prójimo. Esto hasta el punto de humillar sólo por tener una posición política distinta. Luego de esas reacciones reafirmé lo que ya hace mucho tiempo pensaba, que los venezolanos hemos perdido la esencia que nos caracterizaba, realmente nos hemos vuelto personas en extremo radicales (o somos muy buenos o somos muy malos), ya no existen las tonalidades de grises, han desaparecido las medias tintas, en una época en la que la tolerancia, la prudencia y el respeto parecen haberse quedado atrás.

Vi con tristeza como hemos permitido que el odio vaya tomando el terreno y el espacio necesario para la paz, hasta el punto de que se solapen inclusive. Ya la violencia nos parece moneda corriente y no me refiero a la violencia física “per sé”, hablo de la violencia verbal, la psicológica, hasta la de género, esa que peligrosamente se va concentrando y macerando lentamente, a fuego, como guiso tóxico que en cualquier momento se nos puede ir de las manos, ese que nos puede hacer lamentar y llorar una gran tragedia nacional.

La idea no es referirme aquí a los cientos de mensajes ofensivos que uno y otro bando me enviaron ese día, que lo malo hay que desecharlo, pero si quiero hacer una reflexión colectiva: Los chavistas me hablaban de “majunchismo”, los opositores me comentaban sobre “marginalismo”, ambos ya perdían mi atención desde un principio cuando se justificaban con descalificaciones y epítetos. A todos ellos por igual les preguntaba (siempre desde mi humilde opinión): ¿Cómo son capaces de pedir respeto, hablar de revolución, o de progreso y reconciliación si basan sus campañas en las ofensas y el desconocimiento al otro bando?. Nunca me  pudieron responder la pregunta, incluso hoy no lo han hecho.

¿Autoanálisis? nunca lo tuvieron, o mejor dicho, tal vez si (un poco y al final del proceso electoral por parte del bando opositor) y ello por el hecho de haber sufrido su enésima derrota a manos de aquel que siempre desestiman.

A mis inquietudes sólo escuchaba cosas como que: “eso fue culpa de tal persona”, “eso fue por culpa de tal situación”, siempre un justificativo permisivo, un algo, un alguien, siempre una culpa terciada, jamás la culpa era interna, individual, de ellos mismos; menos aún de su propia tolda política y su visión ideológica de como debe ser gobernada Venezuela. A todos a los que pregunté, la violencia física, verbal y mental era culpa del adversario, eran los otros los responsables. Nunca pensaron de manera antagónica, nunca quisieron aprender a enfrentar de manera inteligente y hasta novedosa, aquello que no apoyaban (algo con lo que el bando contrario no se esperara).

En todo caso, pasó el proceso electoral y pareciese que muy poco ha cambiado hasta la presente fecha. Ya pronto vienen otra serie de comicios y el clima social no hace otra cosa sino radicalizarse. En la vía contraria a eso que está sucediendo en estos momentos, yo sigo centrado en mi posición y en mi esperanza de conciliar. Llámenme iluso, utópico, quijotezco, como quieran hacerlo, pero mantengo mi fe inalterada en que aparecerán de nuevo esas características positivas de nuestro gentilicio, esas que tanto añoro, porque soy de los que creo que podemos seguir siendo ese país afable que sabe aceptar los designios de la mayoría, ese que quiere sustentarse y crecer gracias al trabajo, el país que se enfoque de nuevo en las cosas más urgentes que debemos atacar.

Creo en la reconciliación sustentada en nuestros valores comunes, en nuestros anhelos como cultura, como nación, amalgamada en el orgullo de lo que hemos hecho bien, consolidada en nuestras más grandes victorias como pueblo y país. Desde mi humilde posición trabajaré para volver a tener una Venezuela sin rencores, en ir reduciendo las grandes divisiones que hoy en día nos alejan. Comenzaré conciliando, primero entre aquellos familiares y amigos cercanos que estén dispuestos, para lo que también afinaré ideas y formas de actuar con esos otros miles de seres, entre dirigentes, famosos, artistas, personas de diversas profesiones y gente de a pie, quienes cada vez más se han dado cuenta de ello, y cada vez más se van uniendo a una causa llamada MI VENEZUELA DE PAZ. Una en que no haya intolerancia, en la que los insultos y agresiones verbales sean parte del pasado, una en la que trabajemos en pro de un fin común, de la bondades colectivas e individuales.

Es tiempo de hacerles ver a los unos, que no somos traidores a la patria por no pensar de la misma forma que ellos, que amar a la nación es un concepto muy amplio e inclusivo. También es tiempo de decirles a los otros, que no son más que los primeros por el hecho de tener un mejor trabajo o más bienes, que lo que han logrado se les respeta y celebra, pero que no por ello están por encima del resto y tienen un superioridad moral e intelectual que no es tal. Hay que recordarles que aquel que les adversa políticamente es tan venezolano como ellos, y tiene los mismos derechos de expresarse y disfrutar de esta nación, que a todas luces debe ser realmente de todos.

En fin, hay que hacerles ver que no podemos seguir viviendo en una sociedad donde unos son llamados escuálidos, majunches, pitiyankis, oligarcas, apatridas, por un lado, y monos, tierruos, niches y malandros, por el otro. Debemos ser tolerantes e inteligentes a la hora de buscar soluciones en vez de seguir cayendo en el radicalismo y la critica destructiva. Debemos intentar a toda costa el reconciliarnos, pero para ello debemos saber que la reconciliación comienza con la aceptación de los propios errores. Una vez que alguien dice: “Sí, tienes razón, he fallado” el otro se reconoce inmediatamente en ti y flexibiliza sus posturas más extremas, la mayoría de las veces respondiendo: “Sí, yo también he fallado”.

Con ello estoy seguro que la vida nacional comenzará a fluir de mejor manera que como hasta ahora. Siendo así, llegó la hora de dejar de buscar adeptos a nuestras opiniones hablando de los errores del otro, basta de desprestigiar la acción y posición del que piensa distinto. ¿Queremos un país mejor? entonces trabajemos juntos en favor de ello. Si tienes un amigo opositor, invítalo a dialogar con sinceridad, entendiendo siempre que no tiene tu misma posición política. Si tienes amigos chavistas, de igual forma. No estamos ganando nada con seguir enfrentándonos unos a los otros mientras una minoría sigue tomando partida de esa situación imperante.

Me ha servido esta nota no sólo para desarrollar una propuesta que sume, sino para responder a todos aquellos que me han preguntado sobre “Mi Plan B”. A esos que sólo se quedaban o se quedan en Venezuela si ganaba o gana su bando les digo que para mí “el Plan B sigue siendo mi propio Plan A”, o sea, ser parte de la sumatoria para que mi país supere aquellas cosas negativas que tiene que superar, y que a su vez consolide lo bueno que haya que fortalecerse.

Esa es mi manera de honrar a mi patria, con sabiduría, con profesionalismo, con trabajo eficaz, ya que a este país pertenezco y en él quiero desarrollarme, con todo y sus cosas buenas, sus cosas malas, lo positivo y lo negativo. Yo me quedó aquí porque ahora más que nunca el país me necesita, como de seguro también te necesita a ti. No es hora de desprestigiar al “perdedor” porque él también ganó, como lo refrendan esas 6 millones y medio de personas que lo respaldan, tampoco es hora de exaltar en demasía al vencedor, ya que son muchas las cosas que debe hacer para que el país mejore (cosa que le debemos exigir, siempre con altura).

Tampoco es hora de lamentos y lutos, porque ahora es que hay trabajo, la idea es mirar y marchar hacía adelante con base en la unidad.

Para finalizar termino con una idea que refrendé al principio de este texto, si hay algo rescatable de la jornada electoral del pasado 7 de octubre, es que se demostró que Venezuela sigue siendo un país cívico a pesar de todos sus males y divisiones, una nación que prefirió decidir en democracia y desechó nuevamente la violencia.

Así que sólo me resta llamarles nuevamente a la tolerancia, al respeto, a la paz, y para ello yo voy a trabajar en conjunto con quien quiera ser parte de ello.

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Publicado por en 19/10/2012 en Curiosidad, Historia, Opinion

 

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