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“Sólo y simplemente una Baena, Gustavo”

26 Jun

Guitarra BaenaSoñaba con las arenas de una playa, sus cristales eran de colores poco convencionales, tal vez dentro de la gama de los pálidos, me imagino que debido al hecho del traslúcido propio de cada uno de esos millones que la conforman. Estaba admirando esa belleza natural que se mezclaba con los fulgurantes destellos de otros colores que nos regala un amanecer, cuando ese sueño se vio atraído por el sonido nítido, acústico, penetrante, pero no menos melodioso de una guitarra, esa que de repente se me apareció como montada en un atril en medio de aquella inmensidad transparente y luminosa.

A la sorpresa se fue sumando una especie de embriaguez de alegría, de felicidad. Con lo que me gusta la música, escuchar las exhuberantes notas de una guitarra española, justo en ese mágico lugar, era motivo de una excitación que todavía intentando escribir este relato, no puedo hacerle justicia. Allí estaba yo, siendo el único y afortunado testigo asistente a tan particular concierto.

Tanto motivaba el ambiente, tanto producía esa música, que su mezcla te obligaba a mover las piernas, a caminar, o más bien, a danzar hasta aquel punto donde se encontraba esa rara, pero no menos hermosa (por inigualable) guitarra.

Al llegar a su encuentro, como una especie de halo de luz se cernía sobre su entorno, algo parecido a un campo de fuerza que me hacía entender que estaba tratando con algo verdaderamente sobrenatural. Tengo todavía el recuerdo de su estructura, parecía contar con una especie de madera muy flexible delicadamente pulida, que aunque fina y brillante, no dudaba en hacer notar la robustez y la solidez de su fibra.

Se me asemejaba a un Cedro o a un Ébano, pero con un olor fantástico y un color perlado y amaderado que no parecía de este mundo; todo en ella parecía ser de otro universo.

Belleza y elegancia en un material sólido, único y casi indestructible, de esos que sabes que son especiales debido a sus fibras, esas que emanan de su interior, y que no dependen de la belleza y de su apariencia externa.

Dada tal hermosura y sobriedad, intenté alcanzarla, tocarla, abrazarla, pero al detallar de mejor manera la sinuosidad de su figura, algo me inhibió de siquiera acercarme, eran sus curvas tan perfectas, que me dio miedo doblarlas o entorpecerlas debido a su delicadeza y perfección.

Estando tan cerca, desechando de antemano la intención principal de agarrarla, preferí seguir mi mirada hacia sus trastes, simétricos y duros en lo que respecta a la tensión de sus cuerdas, nada estaba fuera de lugar, todas, absolutamente todas sus partes, tenían un impecable ajuste, daban como una sensación de vitalidad, exotismo y salud corporal, atributos que más bien parecieran que no fuesen de una guitarra sino de una versión latinoamericana y caribeña de la “Venus de Milo”, de una mujer increíble de esas de las que sólo se escribe en los libros sagrados y/o mitológicos.

Simplemente extasiado, impactado, como drogado de la sensación, me encontraba yo en frente de aquel maravilloso instrumento, como en un dueto de solos ante la inmensidad. No atisbaba sino a tratar de recordar si lo había visto antes en otro lugar, haciendo una retrospectiva de cuanto tiempo tenía sin admirarlo, en el caso de que ya me lo hubiese topado.

No sé si fue por mi admiración y estado de postración, o tal vez por el tiempo que permanecí allí, que noté una especie de apertura del halo de luz que resguardaba a aquella perfecta guitarra, y como abeja a la flor, tipo piloto automático, me dirigí a su encuentro buscando lograr lo que tan curioso instrumento incitaba desde los albores de mi sueño, con aquella inigualable música española de ribetes y arreglos colombianos que me imagino llegaban por cortesía de mi subconsciente.

Caminé con mucha indecisión, hasta con miedo a lo desconocido, sentimiento lógico y natural, a juzgar por el inmenso estallido de átomos y microparticulas que prosiguió al encuentro de mi mano con su tez. Que loco mi sueño, porque no era de madera el material del que estaba hecho, no, más bien parecía una aleación entre una tela que semejaba la piel de durazno y algo que por sensación neuronal me describía a un bello ser humano, una personita de carne y hueso, delicada y suave al tacto.

El olor que me despidió el simple acto de alcanzarla no fue menos alucinante, pues eran muchos y disimiles como para describirlos aquí. Pero eso si, muy aromáticos en intensidad y frescura, como para recordarlos vividamente, así como aquella mezcla de perfumes y olores que en lo vivencial sabes que tal vez no percibirás nunca más.

A pesar de lo intimidante del proceso, un impulso hizo que, en un tris de arrojo y valentía, tomase por sus contornos a aquella hermosa guitarra, la que si bien tenía el peso de una pluma, me hizo trastabillar y caer en aquella basta arena, me imagino que producto del nerviosismo y el apresuramiento al que siempre nos conlleva la excitación.

Lo último que recuerdo es que una vez tumbado en la arena, y con aquel instrumento ya en mi regazo, todo intento de tocar algunas notas, así como de querer regalarle un concierto  a la inmensidad y al agua, al agua y la inmensidad, se tornó en un acto ridículamente burlesco, por lo fallido (y por no decir otra cosa), ya que ella en su creencia, y por convicción, tenía su propia agenda, prefería despacharse sola, o sea, se ejecutaba como directora y a la vez instrumentista de sus propios sonidos, como indicándome la altísima complejidad a la que puede ser sometida, y de la que piensa que muy pocos mortales pudiesen llegar a ejecutar, si no es por el conducto y el concurso de ella misma.

Y eso es lo que precisamente anoté de sus últimos destellos en mi sueño, porque eran los de unas pinceladas recreadas en notas musicales, como en una especie de cuadro con sonido, del cual una voz tenue pero no menos sujestiva me susurraba al oído un muy sugestivo: “Baena Gustavo, la magia la tiene sólo y simplemente una Baena, sólo y simplemente una Baena, la mejor de las guitarras que puedas encontrarte, sólo consíguela y te permitiré llegar a un nivel que nunca antes has alcanzado.

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