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Cuento de observancia para los venezolanos.

13 Ene

“Su padre había sido un comerciante de tejidos que un buen día le cayó en gracia a un jeque simplemente porque se negó a obedecer una orden.

Cuando tenía dudas para tomar cualquier decisión, le gustaba recordar el ejemplo que había recibido en la infancia: decir “no” a los poderosos, aunque corras un gran riesgo. En la mayoría de los casos, daba el paso correcto. Y en las pocas ocasiones en las que había dado el paso equivocado, había comprobado que las consecuencias no eran tan graves como imaginaba.

Su padre, que nunca pudo asistir al éxito de su hijo. Su padre, que cuando el jeque empezó a comprar los terrenos disponibles en aquella parte del desierto para poder construir una de las ciudades más modernas del mundo, tuvo el coraje de decirle a uno de sus emisarios: ´no vendo, hace muchos siglos que mi familia está aquí. Aquí enterramos a nuestros muertos. Aquí aprendimos a sobrevivir a la intemperie y a los invasores. No se vende el lugar que Dios nos ha encargado cuidar en este mundo´.

La historia vuelve a su cabeza.

Los emisarios aumentaron el precio de la compra. Como no conseguían nada, volvieron enfadados y dispuestos a hacer lo posible para sacar a aquel hombre de allí. El jeque empezaba a impacientarse; quería comenzar cuanto antes su proyecto porque tenía grandes planes, el precio del petróleo había subido en el mercado internacional, había que usar el dinero antes de que se agotaran las reservas y ya no quedasen posibilidades de crear una infraestructura atractiva para las inversiones extranjeras.

Pero el viejo Hussein seguía rechazando cualquier precio por su propiedad. Hasta que un día el jeque decidió hablar directamente con él.

-Puedo ofrecerte todo lo que deseas -le dijo al comerciante de tejidos.

-Entonces dele una educación adecuada a mi hijo. Ya tiene dieciséis años, y aquí no tiene futuro.

-A cambio, me vendes la casa.

Hubo un largo momento de silencio, hasta que oyó a su padre, mirando a los ojos al jeque decir aquello que jamás esperaba oír:

-Tiene Usted la obligación de educar a sus súbditos. No puedo cambiar el futuro de mi familia por su pasado.

Recuerda haber visto una profunda tristeza en sus ojos al seguir:

-Si mi hijo puede tener al menos una oportunidad en la vida, acepto su oferta.

El jeque se marchó sin decir nada. Al día siguiente, le pidió al comerciante que le enviara al muchacho para hablar con él. Lo encontró en el palacio construido al lado del antiguo puerto, después de pasar por calles cortadas, gigantescas grúas metálicas, obreros que trabajaban sin parar, barrios enteros que estaban siendo demolidos.

El gobernante fue directo al grano:

-Sabes que deseo comprar la casa de tu padre. Queda muy poco petróleo en nuestra tierra y antes de que nuestros pozos den el último suspiro tenemos que cambiar nuestra dependencia, y descubrir otros caminos. Demostraremos al mundo que no sólo tenemos capacidad para vender nuestro crudo, sino también nuestros servicios. Sin embargo, para dar los primeros pasos es necesario hacer algunas reformas importantes, como construir un buen aeropuerto, por ejemplo. Necesitamos tierras para que los extranjeros puedan construir sus edificios. Mi sueño es justo, y mi intención, buena. Vamos a necesitar gente versada en el mundo de las finanzas; ya escuchaste mi conversación con tu padre.

Hamid procuraba disfrazar el miedo; había más de una decena de personas que asistían a la audiencia. Pero en su corazón tenía una respuesta preparada para cada pregunta que le formularan.

-¿Qué quieres hacer?

-Estudiar alta costura.

Los presentes se miraron unos a otros. Puede que no supieran de qué estaba hablando.

Estudiar alta costura. Gran parte de los tejidos que mi padre compra se revende a los extranjeros, que a su vez obtienen beneficios cien veces mayores cuando lo convierten en ropa de lujo. Estoy seguro de que eso podemos hacerlo aquí. Estoy convencido de que la moda será una de las maneras de acabar con los prejuicios que el resto del mundo tiene contra nosotros. Si se dan cuenta de que no nos vestimos como salvajes, nos aceptarán mejor.

Esta vez se oyó un murmullo en la corte.¿Hablaba de ropa? Ésas eran cosas de occidentales, más preocupados por lo que sucede en el exterior que en el interior de una persona.

-Por otro lado, el precio que mi padre está pagando es muy alto. Prefiero que siga con la casa. Yo trabajaré con los tejidos que tiene, y si Dios misericordioso así lo desea, conseguiré realizar mi sueño. Al igual que Su Alteza, también se a donde quiero llegar.

La corte escuchaba, sorprendida, a un joven desafiar al gran líder de la región y negarse a cumplir el deseo de su propio padre. Pero el jeque sonrió al oír su respuesta.

-¿Donde se estudia alta costura?

-En Francia, en Italia. Practicando con los maestros. En realidad, hay algunas universidades, pero nada sustituye a la experiencia. Es muy difícil, pero si Dios misericordioso quiere, lo conseguiré.

El jeque le pidió que volviese a la última hora de la tarde. Hamid caminó por el puerto, visitó el bazar, se quedó deslumbrado por los colores, los tejidos, los bordados; adoraba cada oportunidad que tenía de pasear por allí. Imaginó que todo aquello sería destruido en breve, y se entristeció porque iba a perderse una parte del pasado, de la tradición. ¿Era posible detener el progreso? ¿Era inteligente impedir el desarrollo de una nación? Recordó las muchas noches en vela que había pasado dibujando a la luz de una vela, reproduciendo los modelos que usaban los beduinos, temiendo que también las costumbres tribales acabaran destruidas por las grúas y por las inversiones extranjeras.

A la hora prevista, volvió al palacio. Había más gente alrededor del gobernante.

-He tomado dos decisiones -dijo el jeque-. La primera; correré con tus gastos durante un año. Creo que tendremos suficientes jóvenes interesados por las finanzas, pero hasta ahora nadie ha venido a decirme que le interesa la costura. Me parece una locura, pero todos dicen que estoy loco por mis sueños, y aún así he llegado a donde estoy ahora. Así pues, no puedo ir contra mi propio ejemplo.

*Por otro lado, ninguno de mis asesores tiene contacto alguno con la gente a la que te has referido, así que te voy a pagar una pequeña mensualidad para que no te veas obligado a mendigar en la calle. Cuando vuelvas lo harás como un vencedor; representarás a nuestro pueblo y la gente tiene que aprender a respetar nuestra cultura. Antes de salir, tendrás que aprender la lengua de los países a los que vas ¿Cuáles son?

-Inglés, Francés, Italiano. Agradezco mucho su generosidad, pero el deseo de mi padre…

El jeque le hizo una señal para que se callara.

-Y mi segunda decisión es la siguiente. La casa de tu padre permanecerá donde está. En mis sueños se verá rodeada de rascacielos, el sol ya no podrá entrar por las ventanas, y tendrá que mudarse. Pero la casa será conservada allí para siempre. En el futuro, la gente se acordará de mí, y dirá: -Fue grande porque cambió su país. Y fue justo porque respetó el deseo de un vendedor de tejidos-“.

Nota de Importancia: Este es un cuento extraído del acervo ancestral de la cultura islámica – musulmana, que hábilmente fue utilizado por el escritor brasileño, Paulo Coelho, en su libro “El Vencedor está Sólo”.

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Publicado por en 13/01/2015 en Espectáculo

 

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