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La mujer abacaxi.

11 Nov

chica-abacaxi-2El espejo que genera la humedad y su sincretismo con el sol de la distancia, me permite verla como al átomo en un microscopio, la eterna recta de esa carretera interminable entre dos países me incita y me da chance a voltear por sus costuras para recordarla, y a palpar en ese aire caliente casi amazónico, el amarillo intenso de esos ojos abacaxi que contrastan con el café y prieto color de sus contornos, una sensación de fortaleza y sosiego que me embarga y me serena para cuando me toque conducir.

Al voltear de nuevo al frente, se me viene en tromba su sonrisa de niña dulce pero traviesa, los lentes le intensifican ese poder que sabe a mundo nuevo y que se potencia otra vez en los rayos vivaces que se generan al verle ese par de pepas abacaxi a las que ya me referí.

Me imagino que la sonrisa mental de los recuerdos me delata, porque quien me acompaña me pregunta si la alegría se debe a la conversación en portugués que se escucha en la radio, pero como explicarle que me encuentro en otro Universo, en uno paralelo que no es de superficies y que se encuentra situado entre los años ochenta y noventa del siglo pasado.

Me escudriña y se encoje de hombros, pero yo estoy más al pendiente de ese sonido del silbato del voleibol que mi mente sigue recreando, pero sobre todo del recuerdo de la búsqueda incesante de mis ojos cual scout deportivo, por esa chica que en su femineidad tal vez no sabía volear bien el balón, pero que de seguro era el mayor portento de alegría en la cancha, sí ella, la que apenas en cuarto grado de primaria ya tenía las piernas más perfectamente torneadas y bronceadas, esas con las que cualquier mujer adulta quisiese contar.

Se vienen en cataratas esa cantidad de flashes y recuerdos felices de la infancia y de la adolescencia, aquellos que hacen sentirme tan cómodo que como copiloto me despojo de mis confortables Reef, solo para estar completamente descalzo y con ello poder colocar mis pies en el rescoldo, para así subir la mirada con la intención de dar gracias a DIOS, a ese todopoderoso en las alturas a quien me imagino detrás de su gran cortina de nubes, pícaramente viendo hacia abajo y riendo de los resultados que esos recuerdos él ha hecho me inciten el pensamiento.

Luego, mirando esos mismos pies descalzos, hago conjeturas sobre los días y las veces que en la candidez de nosotros los niños de esa época, me tuve que haber quedado mucho tiempo prendado visualmente del short blanco de deportes de aquella bella señorita. Vuelvo a mirar atrás la senda y la alegría pícara me hace agradecer los instantes puros y de ingenuidad que la vida me permitió compartir con aquella niña mujer. Que los noviazgos de aquellos tiempos eran de dibujitos y mensajitos en secreto.

Pasan los kilómetros y el olor del abacaxi que una señora vendía en un transporte – tarantín de carretera, me trasladó (por su parecido) al famoso y en mi retina muy amarillo, o tal vez ocre, autobús escolar del Señor Arturo, ese que como bien diría otro de mis insignes hermanos de colegio y de la vida, fue el testigo automotor de muchas sensaciones, sentimientos y afectos de la infancia.

Era finales de 1985, y ahora la historia mudaba de persona, se situaba en otra excelente y por igual hermosa damita (que la vida se ha encargado casi siempre de hacerme topar con mujeres excepcionales), estábamos ya en sexto grado y veníamos de uno de los tantos paseos que nuestro amado colegio nos regalaba con cierta frecuencia, y yo para no variar en mi constante, molesto con ella, por lo que ambos íbamos sentados en asientos muy alejados el uno del otro.

Memoria fresca, sería por el mismo abacaxi que me estaba comiendo. Recuerdos taxativos, ella brava, muy brava, ya ni recuerdo por qué razón, tanto que algunas lágrimas le corrían del coraje. Motivados por tal situación, los grandotes del salón me comenzaron a asediar y a intimidar para reclamar mi trato, más bien para someterme y lucirse ante otra de las destacadas, quien fue siempre excelente estudiante y mejor líder.

Acá otra interrupción en el relato, ya que justo llegamos al campamento base en los Rápidos de Kamoirán, Gran Sabana, Venezuela, por lo que me esperaban para comer y descansar, pero la fiebre por escribir era tal que les dije que se adelantaran sin mí, quería terminar de rodar mi cinta interna para finalizar de rasgar en mis apuntes con la intención de que no se me olvidara nada para este relato.

Vuelvo a lo mío y me percato que aquella vivencia puso ante mí una moraleja, una reflexión que no quiero pasar por alto y dejar de reflejar antes de apuntalar la historia, y es que esa bonita y recia morenita me hubo “regalado” sin proponérselo, como su apellido, una de las vivencias y aprendizajes más valiosos (por ejemplarizantes) de mi existencia, ya que me enseñó a que con las chicas no hay que justificar razones cuando se trata de una determinación absolutamente loca para sentir y para vivir en amor.

De seguro me preguntarán, y a que viene todo eso, en que sustentaste lo último que se te ha dado por escribir, y es que ante los recuerdos ahora detallados bajo la lupa de la experiencia y los tantos momentos vividos en la adultez, percibí y me topé con el hecho de que aquella era la primera vez de ese adolescente de apenas 11 años, ese que estaba experimentando lo que era pasar de sentirse acosado y asediado, víctima de lo que él pensaba una artera manipulación de género (que me rodeaban, me daban empellones, me empujaban, algo que nunca paró, ni siquiera en la tarde ya luego del paseo, en la clase de baile del profesor Valderrama) a sentirme diametralmente distinto en apenas instantes, así como enternecido, reenganchado, restaurado y hasta protegido, con solo y simplemente el gesto de ella al abrirse paso entre todos los presentes, y con mucho sentimiento eso sí, entre arrepentida y amorosa (ahora con otro tipo de lágrimas), buscando defenderme y pedir que ya me dejaran en paz, que no me hicieran daño.

Aquel insignificante detalle bastó para darme cuenta que el amor como energía fundamental de vida es una poderosa magia que igual puede sublimarte y encumbrate en segundos, así como puede arrancarte y arrastrarte de raíz, ese que te hipnotiza pero que también te obnubila, él, que te hace soñar pero igual te produce desvelos, ese que te genera alegrías pero de la misma manera puede llevarte al llanto.

Ese amor, que con sus subidas y sus descensos, de igual manera te impulsa a vivir en grande, a ser poderoso en el actuar pero siempre tratando de hacerlo de manera correcta, ese que te induce a soñar pero que también te dice hazlo, y hazlo pronto porque la vida es ahora y se te va en un instante, porque en ella tu legado va a ser en torno a lo que has hecho y has dicho y para nada va a contar con lo que te guardaste.

Sino te pasará lo que a otro amigo y hermano de la vida, también de esa época (y tranquilo que no referiré la pizzería ni la canción), o lo que a mí con aquella prima de otro gran pana y compañero de clases, ya un poco más adolescentes, con la multiatleta, la que destacaba en todo aquello que hacía, la gimnasta, con aros y con cintas, la estudiante excelsa, la que en un futuro sería periodista y mejor productora de radio, la sin igual, esa la del amor platónico que nunca supo de aquellas ilusiones sino mucho tiempo después, ya más adultos cuando hacíamos teatro y cada uno con vidas más que definidas y hechas.

Me llaman a comer y ya debo finalizar este relato, no puedo por ende seguir rasgando garabatos para ensalzar más a esas tres noviecitas de la infancia (la de cuarto, la de quinto o la de sexto, y me refiero a los grados), así como a aquel mencionado amor platónico y a esa otra mujer abacaxi que se coló en el cuento, la única de las 5 que no puede ser confesada ante mi libreta, por reciente, por novedosa, porque la cosa es incierta y porque todo lo incierto es de final reservado, tal vez hasta pueda que no termine de cuajar, en fin, debo abrir la mano y dejar caer el bolígrafo, ya la nota echó sus raíces y parece más bien un árbol que está para dar frutos, y vaya que va a dar.

La selva me llama, me dice que si no me meto a cenar, los puri-puri me comen vivo y esa es una orden, que aunque ellos no son bestias, no, ni diablos, pues éste siempre anda trabajando y es un buen emprendedor.

Se cierne la noche, y aunque bella es muy cagante, como cagante es la risa de los tipos que se dieron cuenta de mi andar borracho por la desorientación a oscuras entre piedras resbalosas y barro arcilloso, ya que ni una estrella tengo para alumbrarme hasta el sitio de la comida, pero en esa nada me alumbro con mi propia risa y más aún con la compañía espiritual que siento de esas cinco damas, así como la de mis hermanos de la vida.

Siendo así me despido, ahora celebrando que ya pude poner en blanco y negro (y de un tirón), esto que es un regalo para ellas, para mi infancia y para mí mismo, así como es también un presente a la maleable realidad, esa que es relativa porque nunca nada es lo que parece, así como tampoco nada será igual en una vida que es cambiante y se va en un tris, la que por lo corta a veces no es más que un sueño, como un sueño es y será encontrarse con una dama que contenga todas las bondades y las características de genialidad de esas mis cinco mujeres abacaxi.

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Publicado por en 11/11/2016 en Espectáculo

 

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