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Sarrapiales, la Sarrapia y el aroma de Thaís Cecilia

Sarrapiales, la Sarrapia y el aroma de Thaís Cecilia

Tiene el aspecto de la almendra, por el color y la forma de su semilla, su olor también es muy parecido e inclusive asemeja al de la vainilla, pero en comparación con estas (la vainilla y la almendra), su aroma es más intenso, más dulce, más agradable, más penetrante, cual perfume de mujer elegante, como debe ser el olor de la grandeza, de los momentos de pureza, así como el dejo olfativo característico que dejan aquellos instantes de majestad y alegría, de esos que sólo se pueden comparar con un gran amor, como ese que apenas al entrar a esta turística y plácida hacienda de nombre original, sólo me puede hacer evocar la imponencia, la belleza, la elegancia, el garbo, lo impecable, tierno y dulce de una personita llamada  Thais Cecilia,  quien en su existir y en su forma de entregarse, se parece a La Sarrapia, producto que no es solo muy apreciado en la gastronomía y en alta cocina de la actualidad, sino que es la materia prima fundamental (de la cual Venezuela y Nigeria son sus principales productores y exportadores) para la exquisita industria de la perfumería global, planta que además de darle nombre a este hermoso lugar que visité, representa uno de los primeros recuerdos en el lugar de morada donde creo que al fin conocí al amor verdadero, ese que refleja al otro que yo llevo dentro.

Ya con esa introducción, debo reconocer que indudablemente la Hacienda Sarrapial es el ícono conector o la carta de presentación que me acerca o recuerda lo más bello del gentilicio de los moradores de los llanos orientales monaguenses. Y es que estos Sarrapiales, enclavados muy cerca del casco central de Maturín, no sólo conforman un sitio turístico más a ser visitado, es también un oasis ambiental que invita a la recreatividad, el descanso y la reflexión, pero que por sobre todo es un muy importante legado de nuestros orígenes como país, de nuestra historia colonial nacional, así como un ejemplo del potencial comercial y de progreso que siempre hemos tenido los venezolanos.

Foto Propiedad de Gustavo Adolfo Agüero Cruz

Nada más al entrar a esa boscosa zona donde está situada la Hacienda, te encuentras con una imponente casona que inmediatamente te ubica en la Venezuela Agrícola de mediados del Siglo XIX, esa que aunque ahora no cuenta con aquellas 530 hectáreas que tenía en sus años de esplendor, no es difícil imaginarla en toda su dimensión y capacidad. Enfoco mi ejercicio imaginativo en la agilidad y exigencia de Doña Leovegilda Rebollo de Salazar (esposa del dueño de la Hacienda), quien en mi particular historia tiene el rostro, la figura, belleza, astucia, inteligencia y don de mando de mi Thais Cecilia, a quien veo en su proceso de inspección de las zafras que producían las 614 plantas de sarrapia con las que llegaron a contar en sus amplias instalaciones coloniales. Me la imagino minuciosa, intachable, impecable y perfectible, como lo es en esencia mi TC.

Me imagino también a sus 1500 empleados, rigurosamente censados y organizados en cuadrillas, siempre según sus capacidades para atender a las otras diversas áreas de producción que llegó a tener esta connotada plantación, una de las más productivas e importantes no sólo del oriente del país, sino de la Historia de nuestra Venezuela Colonial. En eso andaba, en imaginarme el comienzo de una faena de trabajo de ese enorme emporio que ha debido ser Sarrapial, cuando un niño de uno de esos tantos planes vacacionales que regularmente visitan esta casona típica, construida por sus dueños como modelo o réplica de la Casa del Libertador Simón Bolívar en Santa Marta, Colombia, se me acercó y halándome del pantalón me pidió que le mostrara la tableta electrónica con la que yo me encontraba tomando fotos y redactaba los primeros párrafos de esta nota.

Foto propiedad de Gustavo Adolfo Agüero Cruz

Por un momento me fui de esas imágenes en las que Don Epaminondas Salazar, terrateniente y gran potentado de la hacienda, pasaba lista con asiduidad a sus cuadrillas de peones. Pasé de esos instantes en 1830, de los albores de nuestra independencia en los primeros pasos de nuestra soberanía nacional, a centrarme en las inquietudes y requerimientos del niño, ese que quería ver las fotos, quería ver que redactaba, que hacía, ese que quería jugar con mi herramienta de trabajo. Y cómo hacía un calor extremo, pensando también que todavía faltaban algunas horas para ir al encuentro de Thais Cecilia, para aquel que sería nuestro primer almuerzo juntos en tierras monaguenses, y muy en sintonía con lo que ha debido ser el día a día de la rutina mercantilista de este lugar, le propuse al niño, Luis Eduardo llevaba por nombre, un intercambio o trueque que consideraba justo. Yo le prestaba y le permitía jugar con mi tableta si a cambio me daba un vaso de papelón con limón o en su defecto otro de refresco, de esos que tenían dispuestos en varias jarras a la sombra de un gran morichal, y que estaban destinados para refrescar a los niños luego de los interminables juegos que les hacían en el plan vacacional.

Hecho el trato, al cual tuve que recurrir motivado a que no hay sitios de expendio de comidas para los turistas que visitan el lugar, ya sin tanto calor y habiendo mitigado el hambre, me senté en la grama a pensar en las Cuadrillas de Sarrapia, esas que seguramente se encargaron por años de extraer la preciada semilla para la elaboración de los perfumes, cosméticos, remedios farmacéuticos y otros productos de igual importancia. Acto seguido imaginé a las Cuadrillas de Aserradero, ya que hay muchos arboles de gran envergadura a lo largo de todo el complejo, los cuales son ideales para ello. Me los imaginé encargándose de la elaboración de mesas, sillas, puertas y urnas con las que proveían, no sólo a las casas de la Hacienda, sino a otros hacendados y compradores en general. Quien pudiese ver trabajar hoy a las Cuadrillas de Caña, una de las que han debido ser más altamente calificadas, ya que se encargaban de producir el muy afamado ron “Las Piñas”, ese que siempre fue añejado en las barricas de la Hacienda, el cual casi no pudo disfrutarse por muchos años en territorio nacional, ya que era exportado a diferentes lugares de Europa.

Foto Propiedad de Gustavo Adolfo Agüero Cruz

Ya a esa altura de mi visita tenía suficientes fotos y elementos para hacer mi nota, se acercaba la hora de ir a comer, cuando ese automático sincronismo que hay entre los enamorados se hizo presente al sonar la canción de repique de mi celular, esa que tengo sólo dispuesta para las llamadas de mi Thais Cecilia.

Del otro lado del auricular ella me hablaba con su hermosa voz de contraalto, esa con la que me recordaba que  en medía hora se desocupaba para vernos. Era tanta mi hambre, mitigada sólo por el amor a una dama y al paisaje contemplado, que mientras ella hablaba, yo me la imaginaba como parte de las Cuadrillas del Trapiche de la Hacienda, en las que Thais Cecilia aparecía como protagonista principal de la producción de la melaza, la que me imagino luego cocinaban en grandes pailas para la obtención de las deliciosas y más famosas panelas de papelón.

De igual manera la vislumbré siendo parte de las Cuadrillas de Apicultura, imagen en la que me pareció chistoso pensar a mi Thais Cecilia laborando como parte del pequeño “Apiario del Sarrapial”, ese en el cual la proyectaba haciendo la excelente miel (también embadurnada en ella, debo decirlo) que por muchos años, y gracias a la Hacienda, se comercializó en el oriente del país y en toda Venezuela.

Como en cascada se vinieron el resto de las imágenes, tal vez por el deseo de que pasase el tiempo rápido y así poder acudir a mi cita. Aparecieron de repente las Cuadrillas del Tabaco, ese producto que imagino que a pesar de ser producido en grandes cantidades, más bien era usado como sistema monetario dentro de la Hacienda. En esencia lo veo como una especie de sistema de pago a los empleados, a quienes le podían intercambiar o vender el tabaco en los pasillos, a un costo de 2 bolívares por paca. Como secuencia inmediata se me vino la imagen de las Cuadrilla de Fabricación de Tejas y Ladrillos, los que producían para ser usados en la construcción y ampliación de la Hacienda, rubro del cual vendían sus excedentes a otros particulares y hacendados aledaños. Como no pensar en las Cuadrillas de los Cereales, las cuales estaban íntegramente compuestas por mujeres y niños, quienes recolectaban y clasificaban los granos de maíz, caraotas y fréjol, entre otros, o las Cuadrillas de Saques, esas que imaginé más engorrosas por lo forzado de su trabajo, en la que se recolectaba de los saques, la arena, la granza y las piedras picadas, así como otros materiales utilizados para  la construcción y la ampliación de la Hacienda.

Foto propiedad de Gustavo Adolfo Agüero Cruz

Estaba imaginándome a los peones cargando los inmensos sacos con material para construir por un lado, de sarrapia por otro, cuando Luis Eduardo me despertó de mi sueño en la grama. Ya su campamento vacacional estaba por irse y venía a entregarme la tableta. Vi la hora y me di cuenta que faltaban sólo 17 minutos para ver a mi amada Thais Cecilia, por lo que le agradecí en volandas y corriendo al carro sólo me dio oportunidad de apuntar en la tableta que debía finalizar mi nota con un párrafo que una vez leí en un portal web francés de esos que te sugieren recetas fuera de lo común, así como también te venden todo tipo de especies y delicatessen (se llama edelices.com, por si quieren consultarlo)  en donde hicieron una excelente definición poética de la Sarrapia, esa que se me quedó grabada en el alma, y que se amolda perfectamente a la Hacienda Sarrapial, pero que más aún, define con exactitud aquello a lo que gastronómicamente se parece mi Thais Cecilia.

” En nariz, el haba [La Sarrapia] recuerda el olor natural de la semilla de melocotón sobre suaves notas de vainilla. En cocina, el haba tonka [La Sarrapia] aporta aromas a la vez potentes, cálidos y suaves de la almendra con toques de vainilla y caramelo. Al respecto, los aromas naturales de esta pequeña haba pueden reemplazar al extracto de almendras amargas empleado en los postres. Se utiliza rallada tal como la nuez moscada.” ….” Esta especie sublime ama la compañía del chocolate, café, vainilla, coco, anís, melón, cerezas, miel, naranja, ruibarbo, albaricoque entre otros. Se utiliza en la preparación de postres para perfumar crema inglesa, crèmes brûlées o tortas. Pero también se puede usar en platos salados[,] por ejemplo en la sopa fría de tomates, [en] puré o gratén de papas, [en] salsas para acompañar [carnes de] cacería, foie [gras], pescados y mariscos.”

 

Conexión con el Arcoiris

No tengo título al momento de escribir esta nota, tampoco tengo un tema en específico, solo la necesidad imperiosa de escribir, ese ardor o comezón que con el pasar de los párrafos te calma, serena tus temores, enfoca tus ganas, aclara tu mente y perfila tus metas.

Me pidieron que hablara de Jorge Luis Borges, hoy de aniversario, sugirieron que diera mi opinión sobre el desenlace de los acontecimientos en Libia, nación desangrada y arruinada tras una cruenta Guerra Civil que tiene en frente de sí un futuro incierto. Otros recomendaron que siguiese en la onda deportiva de dos de mis tres últimos artículos y que diese mis pronósticos sobre la cada vez más próxima temporada del béisbol venezolano. Muchos otros, por el contrario, me pedían que retomase la onda de la Programación Neuro Lingüística (PNL), pero sin embargo, a pesar de los buenos temas que pidieron tratar, de sus acertadas recomendaciones, a mi psiquis no le apetecía ser tan formal y quiso divagar por un rato, escribir sin sentido a ver que salía, a ver como me sigo descubriendo, algo que por cierto también es muy válido como técnica Neuro – Inmuno Lingüística.

Mi mente quería enfocarse, casi que de inmediato, en un corte de carne de esos que en los llanos centrales venezolanos denominan como “Copa de Cerdo”, deliciosa y suave carne de lechón que hace aguas hasta el más refinado paladar. Al fondo, mientras el hambre me hacía más vivo el recuerdo de tal manjar, sonaba una melodía que me indicaba que justo en ese momento necesitaba más urgentemente de una “Conexión con el Arcoiris”, como aquella canción del gran cantautor estadounidense, Jason Mraz, esa que estaba de fondo pero que perfilaba acertadamente ese “Rainbow Conexión”, “a especially Flat Lands Rainbow Connection.”

Sin duda alguna que si me pudiera conectar con ese fenómeno visual me estaría nutriendo más que con un simple almuerzo. A eso se le llama necesidad de alimentar el plano interno, de llenar el alma. Es cuando se debaten en ti dos hambres, la física versus la espiritual. Ansiaba saber que es eso que está al otro lado del Arcoiris, ese que para muchos es solo una visión, una ilusión óptica, pero que en mi concepto (tal vez producto del hambre), si bien es un halo de luz multicolor, también es un puente transparente, ese que nunca te oculta nada de sí a excepción de lo que está más allá de su alcance, de lo que no está expuesto a la vista.

Al igual que como lo hace el cantante estadounidense, siempre me he preguntado porque es tan sorprendente un Arcoiris si es tan sencillo de explicar como se forma con base al raciocinio de un científico. Tal vez sea el hecho de que se pueda mirar pero que no se pueda tocar, como en el caso del amor platónico, ese amor anhelado que está siempre más allá del alcance o que más bien pueda ser imposible producto de una prohibición expedita.

El más reciente que había visto, apareció majestuoso a unos pocos kilómetros de los “Esteros del Llano” en la vía a Camaguan y a San Fernando, entre los estados Guárico y Apure. Ahí estaba, siempre tan inesperado, excelso y colorido como un encuentro desprevenido y casual con una mujer hermosa, así como aquel otro fortuito que sostuve unas horas antes con una bella y desconocida señorita de rasgos árabe-franceses, una princesita surgida como de la nada en uno de esos bazares comerciales que montan “los turcos” en las céntricas y calurosas calles de los pueblos de nuestro país, en este caso, en ese horno guariqueño y cuna de mi madre que lleva por nombre “Villa de Todos los Santos de Calabozo”.

Rosalinda – Arcoiris, Arcoiris – Rosalinda, seguía divagando, me pedían hablar de la familia pero no hay caso, no era día para ello. Mi mente solo quería flotar y me decía que me mantuviese optimista y ocupado que en algún momento alcanzaría las simientes de ese halo de luz multicolor, la verdadera conexión con el arcoiris, aquella que solo está reservada para los amantes, para los soñadores, para los perseverantes, y ¿Por qué no?, hasta para mí, claro está, siempre en el caso de que pueda estar bien enfocado en lo que quiero y que haya hecho las modificaciones necesarias así como los cambios de conducta requeridos para lograrlo.

Ya ante la disyuntiva orgánica de ir a comer o seguir aquí, me decidí por tomar un buen pedazo de “Acemita Tocuyana”, ese pan suave, dulce y con cubierta de papelón tostado, al cual le coloqué dos trozos de queso de cabra, el que a su vez puse a hornear por pocos segundos y lo acompañé de una conserva de piña y coco, plato con el que en vez de almorzar tarde hice una especie de merienda al más puro estilo larense, merienda que me permitió seguir concentrado en este desvarío convertido en nota, en este carrusel de ideas y letras que se trasegan en la montaña rusa de mis emociones para arribar al punto de llegada en el que si bien algunos calman la adrenalina que les produjo el bamboleante viaje, yo utilicé para afinar y darle luz a esta nota.

Mientras engullía el snack, justo cuando traté de imprimirle corazón y mente al amasijo disvariante a ver si Dios me concedía esa “Conexión con el Arcoiris” de la cual les escribía unos párrafos atrás, percibí que la experiencia musical que produjo la canción “Fly Me to the Moon”, versionada también por Jason Mraz, que mezclada con la explosión de los sabores dulce y salado del bocadillo, así como los del postre tradicional venezolano, podían hacer en mí las veces de ese estado de felicidad que se debe sentir al conseguirse el tesoro que dicen los duendes irlandeses que hay al final de un Arcoiris.

En ese instante le di las gracias a Dios Todopoderoso, al ecuménico, a ese que no tiene rostro ni viste con base a las creencias de una cultura en específico, a esa maravillosa energía universal inmensa en sabiduría, ya que por su conducto pude percibir ese pequeño detalle del que no me daba cuenta, le agradecí infinitamente porque me dio a entender que siempre que lo visualice internamente, lo adapte a mi ser y a mis requerimientos, veré y tendré la conexión con lo verdaderamente importante, incluso con él. Al instante me hizo comprender en la interrelación que hay entre un bocado y una buena canción, que la dicha está en las cosas sencillas y que para conseguir ese estado de armonía plena debo tener claro que para ver las riquezas que están detrás del Arcoiris, primero debo apreciar en su justo valor aquellos pequeños detalles y momentos fundamentales (por cierto, ninguno de ellos materiales, como tampoco es material su presencia y su grandiosidad).

Cuando terminé de escuchar la canción, que en español se traduce como “Vamos a la Luna”, “llévame a la luna”, no sé, como mejor prefieran interpretarlo, me encontré con que justo ese había sido el sitio al que me transportó la interpretación con sus líricas, algo coincidencial y que no tenía previsto usar como influencia para intentar escribir la nota. Otra prueba más de que cuando lo pides sinceramente y desde adentro, él te responde, te aclara, coloca un halo de luz, “un Arcoiris” que guíe el camino correcto a seguir. Gracias Dios, Gracias Señor, Gracias Jesús, Gracias Buda, Gracias Gandhi, Gracias San Francisco de Asís, Ustedes hicieron posible que me organizara para que surgiera este escrito, esta “Conexión con el Arcoiris” .